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Humanidad

Sentado desde una pequeña silla, dentro del más grande y nuevo edificio del lugar, me dedicaba a ver a los caminantes a través de las puertas de cristal. Quien diga lo contrario, me atrevo a decir, estará mal: a los seres humanos nos encanta divagar. Y este pequeño hombre, delgado, de cabello corto, puso su mirada en el edificio. Quería entrar. Yo estaba adentro y el estaba afuera, yo ya lo había logrado y el lo iba a intentar.

Frente a el estaba mi puerta de cristal. Empujo la puerta izquierda con el brazo. Estaba cerrada y no le permitió pasar. Dio unos cuantos pasos atrás. Empujo la misma puerta pero ahora con los dos brazos y más fuerza que antes. Estaba cerrada.

Dio unos pasos atrás, miro hacia arriba, contemplo el edificio. Miró hacia abajo y me miro un segundo, dio una vuelta y se fugó.

Me canse de mirar, guarde mis cosas, me levante y me dirigí a mi puerta. Me detuve frente a ella, empuje la puerta derecha y me salí a divagar.

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Luz que opaca

A veces quisiera dejar de escribirte, detener esas risas que plasmamos en papel, inhalar tantas promesas que soplamos al viento esperando que algún día volvieran a nuestros oídos; a veces solo quisiera olvidar.

Sin embargo, siempre llega la tormenta, los vientos y mareos, decaídas a la sana estabilidad que consigo cuando callo y cuando olvido aquellos días en que caminabas con tus pies desnudos por mi cuarto abrazando aquella ilusión, cargando una guitarra, escribiendo algunas estrofas de aquella canción que nunca terminaste. Siempre bailabas en mi habitación y, regocijándote de la tranquilidad que mi mirada te prestaba, te empeñabas en desnudar tu alma para mi, te empeñabas en sacar a relucir una sonrisa coqueta que, sin influencias, se dibujaba con alegres matices sobre el lienzo tan dañado de tu rostro. No había necesidad de maquillar nuestras emociones, no había necesidad de buscar razones para reír, reíamos por reír, porque Dios así lo quiso y el mundo es divertido. Suelo record…

Cortarte

Poder, me gustaría, marcarte en los brazos
tal cual eres y cuán perfecta
pero tan rápido llegan los malos ratos
contemplas cortarte las venas.

Tiempo

Son las 4:34 a.m. del día 29 de diciembre del año 2013 y se supone que en una hora y media saldré de la ciudad. Todos están dormidos, todo está en silencio; sólo se escucha el ruido de la calefacción rugiendo en su esfuerzo por aplacar los 3° centrigrados que quieren entrar. Tengo mis audifonos puestos y aún así su sonido metal me quiere arruyar.

Yo sólo quiero hacerla reír y sentir que todo desaparece.

Son las 4:43 a.m. del día 29 de diciembre del año 2013. En una hora y quince saldré de la ciudad. Ella está dormida a dos cuadras de mi. Dos cuadras.
Sólo escucho el ruido.